Estamos orgullosos de presentaros el relato ganador

“Ritual de lo habitual” de DAVID RUBIO

Ha sido muy difícil la elección, por la cantidad de relatos presentados y la gran calidad de los mismos!

 

Para valoración de los relatos presentados al certamen se ha contado con miembros del departamento de

Filología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra:

 

Sergio Navarro,
profesor en los grados de Literatura y Escritura Creativa y Filología Hispánica en la Universidad de Navarra. A la vez, realiza investigación doctoral en Filología. Sergio obtuvo máster en Literatura Comparada por Cambridge University, y entre su amplia lista de formación constan tres titulaciones de grado: Filología Hispánica, Filología Inglesa y Comunicación Audiovisual. Fue Becario de la Fundación Gala, y es ganador de varios premios de Poesía.
Daniel Franco,
ejerce como editor de la Editorial Graviola para los escritores hipanoamericanos siendo, además, su co-fundador. Daniel ha publicado varias novelas y está en su último año del grado en Literatura y Escritura Creativa de la Universidad de Navarra.

Queremos mostrar nuestro enorme agradecimiento a todos los que habéis participado en este certamen, y a la Universidad de Navarra que se ha volcado de lleno. MUCHAS GRACIAS!

Nos encantaría realizar una publicación con los finalistas, a ver si lo logramos!

 

Ritual de lo habitual

 

—Servicio de habitaciones —susurra detrás de la puerta.

—Pase —dicen al otro lado.

Un hombre acciona el pomo de la puerta con delicadeza clínica, como un cirujano antes de operar, y entra de lado en la habitación mientras sostiene una bandeja con comida.

—Mmmm… por fin, ¡qué ganas! —dice una mujer sobre la cama—. Cierre, cierre la puerta —indica rotunda, mientras se despereza y bosteza con desparpajo.

El hombre duda, da media vuelta hacia la puerta y vuelve a mirar de soslayo a la mujer que, enérgica, mueve su mano como si fuera Bruce Lee atrayendo a un contrincante:

—Antes de que usted se vaya, y sé que tiene mucho trabajo… lo sé, descuide, compruebe usted conmigo, por favor, gracias, que el desayuno está correcto, tal y como lo indiqué, no vaya a ser que luego… ya sabe. Sé que este es un hotel de primer nivel. ¡Vaya si lo sé! Llevo viviendo… digo, perdóneme, viniendo aquí… ¿cuánto? ¿diez años? ¿once? Todavía recuerdo… Bueno, usted, claro, sabrá quién soy yo, pero quizás no estaba aquí el primer año, era cuando yo todavía… en fin, a lo nuestro, que se enfría… el desayuno. Veamos.

Y la mujer levanta las diferentes tapas de la bandeja chequeando con primor cada uno de los componentes del desayuno mientras el hombre, con las manos atrás y ligeramente encorvado hacia la mesita donde ha colocado la bandeja, sigue con la mirada las indicaciones de la mujer que aún sigue sobre la cama, ahora de rodillas, en postura ligeramente inestable, con la bata de seda sin atar.

—He pedido un croissant de espelta… Bien, aquí está. Mmmm, ¡qué bien huele! El zumo natural, por supuesto. ¿Sabe usted que todavía en algún cinco estrellas te meten el Zumosol en el desayuno? ¡Hay que ver! Las fresas cortaditas, el kiwi pelado… Bien. ¿Dónde está el baklava? ¡Dónde está mi baklava!

Y mientras el hombre mueve una mano con intención de señalar un plato pequeño de la bandeja la mujer clama: —Sí, sí, aquí. Me traen tantos recuerdos… Estambul, el Cuerno de Oro, ¿sabe usted? Bueno, usted quizás no, en fin… Los turcos sí que saben… sí que saben hacer postres dulces.

Y entonces el hombre hace una mueca, como si aguantara la risa, mientras la mujer parece guiñar un ojo a la vez que se quita la bata quedándose tan solo con un body de encaje agua marina de abundante escote. El hombre deja de sonreír, recupera la compostura y vuelve al desayuno… sin dejar de mirar de reojo en diagonal… hacia la cama.

—Y ahora, amable y guapo camarero, la prueba final: el café. Porque, qué le voy a decir, no es fácil satisfacerme en general, pero con un buen café, con un buen café por la mañana, justo nada más levantarse… eso es el chute que una necesita para lo que sea—. Y coge la taza con la mano acercándosela a la boca ante el semblante ya sonriente del hombre. —Mmmm… ¡Esto es un café! ¡Lo ha hecho usted! ¡Como me conoces! Ven aquí.

Y justo en este instante, la puerta de la habitación se abre y entran dos niñas pequeñas dando tumbos.

—Mamá, mamá, papá… El desayuno, hambre—. Y cuando ven la bandeja sobre la mesita, la atacan sin piedad.

—Curasanes de la pastelería. ¡Qué ricos! Me traes leche, papá. ¡Leche, papá! ¿Por qué estás vestido así? Pareces un camarero, ¿me vas a por leche? —dice de carrerilla una de las gemelas mientras la otra ya toma posiciones en la cama, coge el mando de la televisión y la enciende: «Él vive en la piña, debajo del mar…».

Y la mamá, ya con la bata puesta otra vez, se encajona como puede entre las dos niñas que la aprisionan como un sándwich. Mientras tanto, el papá se dirige a la cocina rezongando: —Mañana no te metas tanto en el papel, cariño… que las despiertas.

—¿Qué dice papá, mamá? ¿Qué papel?

—Nada, nada, cariño, cosas… cosas del virus.

—Ah, vale, mmmm ¡Cuánta comida rica! ¡Como el desayuno de un hotel! ¿Eh, mamá? ¿Cuándo volvemos a un hotel? ¿Cuándo vamos de vacaciones?

— Pronto, hija, pronto —suspira la mamá mientras mira el capítulo 325 de Bob Esponja, ese en el que tiene que repartir una pizza con Calamardo y se quedan en mitad del desierto y no pueden volver y etcétera, etcétera, etcétera.

Autor: David Rubio

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