Somos apasionados del café y de la lectura, por eso os vamos a ir contando unos relatos del libro “EL CAFECEDARIO” de Emilio Baqué.
Si os gustan los relatos, el libro es fantástico, os lo recomendamos!

A de Arabia

 

YUSUF KAMAL BEN SARI, hijo de Mulhamid y Fátima, nació en una noche de intenso calor cuando la luna brillaba con una fuerza inusual, como si tratara de hacer notar al mundo que esa noche era una noche especial.

Mulhamid era uno de esos mercaderes listos e intrépidos capaces de salvar dunas y desiertos para traer desde lugares remotos las mil y una exóticas mercancías que en la ciudad se pagaban con largueza por la gente principal. Ese negocio compensaba con creces a Mulhamid de las largas y peligrosas caravanas que tenia que dirigir para aprovisionarse de tan deseados productos.

Esa noche calurosa Mulhamid se mostraba nervioso y andaba desgastando las babuchas yendo y viniendo por las estancias de su casa.

Cuando Yusuf vino al mundo, Mulhamid se encontraba rodeado de algunos de los dromedarios y caballos de su cuadra, aquellos que tantas veces le habían acompañado en sus travesías por el desierto. Kumaka era el nombre del primer dromedario que Mulhamid tuvo en propiedad. Se lo compró aun comerciante sin escrúpulos, llamado Tarik, cuando estaba a punto de acabar con el animal en uno de los oasis que Mulhamid solía frecuentar. Mulhamid, aún joven y a las ordenes de un viejo comerciante a quien servia como guía, nunca vio con buenos ojos a aquel apestoso de Tarik con el que se cruzaba varias veces al año en alguna de sus travesías, sobre todo desde el día en el que pudo comprobar que lo que el sucio comerciante se decía era cierto: a Mulhamid  nunca le gustó el comercio de esclavos, por eso se asqueo cuando pudo comprobar que la larga hilera que seguía a los camellos de Tarik no la conformaban porteadores y ayudantes sino esclavos negros que soportaban a duras penas el peso de unas desproporcionadas cadenas. Mulhamid, pensó en un primer momento que aquellas cadenas eran absolutamente innecesarias, que el infranqueable desierto era ya en si mismo la cadena más fuerte que a aquellos desdichados les impedía escapar. Luego Mulhamid se asustó, e incluso se sintió despreciable, al verse pensando en lo innecesario o no de unas cadenas sin haber advertido el drama humano que tenía ante sus ojos. Pronto se dio cuenta que el despreciable no era él por ese desliz de su inmadura conciencia sino el horrible Tarik. Por eso cuando aquel día vio a Tarik a punto de acabar con aquel pobre dromedario no dudó un momento en acudir en su ayuda y salvarlo comprándolo con algo de dinero que ya tenía ahorrado. Aquel día Mulhamid decidió que él y Kumaka ya eran suficientes como para volar libres y comerciar ellos solos.

Hoy en día, Mulhamid tenía casi un centenar de dromedarios y decenas de personas vivían a su cargo.

Kumaka era el confidente de Mulhamid, su silencioso contertulio en las frías noches de desierto, su socio en la toma de decisiones, su hermano a la hora de compartir las penas y alegrías del corazón. Esa noche, como en muchos momentos de su vida, Mulhamid acabó buscando de manera instintiva la compañía de su amigo Kumaka. Cuando uno de los sirvientes llegó ante Mulhamid con la feliz noticia del alumbramiento de Yusuf, éste y su fiel dromedario se miraron a los ojos y notaron que sendas lágrimas de alegría asoman titileando por el extraordinario brillo de la luna que esa noche resplandecía de manera inusual como si tratara de hacer notar al mundo que esa noche era una noche especial.

 

***

 

 

 

Yusuf pasaba largas horas mirando las estrellas. En ellas trataba de descifrar los secretos de las rutas del desierto que tan bien conocía su padre. Mulhamid había aprendido desde joven a interpretar el lenguaje de las brillantes luces de la noche y gracias a eso podía moverse por los invisibles caminos del desierto durante el día. Por eso aconsejaba vivamente a Yusuf que dedicara todas las noches un momento a observar el despejado cielo. Y Yusuf lo hacía con sumo agrado atento a las indicaciones que, sabiamente, su padre le iba dando. Así transcurrían varios minutos hasta que Mulhamid dejaba solo a su hijo consciente de que era bueno que el despierto joven descubriera ciertas cosas por sí mismo, aunque esas cosas fueran sólo dudas.

A Yusuf la contemplación de las estrellas le gustaba, pero no solamente porque estuviera descubriendo noche a noche los secretos del desierto, sino también porque había algo de hermoso en aquel cielo salpicado de brillantes, algo de lo que no se atrevía a hablar con su padre no fuera a ser que éste notara cierta sensiblería en él y mermara el orgullo que sentía el padre hacia el hijo. Yusuf quería ser perfecto a los ojos de su padre y por eso se esforzaba en aprender y en seguir los pasos que su padre le marcaba. Y además le gustaba hacerlo: el desierto le atraía, las caravanas le motivaban comerciar era un arte que él gustaba practicar. Pero no podía sustraerse al placer sensual que la visión de las estrellas le proporcionaba. Podía componer figuras uniendo con imaginarios rastros algunas de aquellas luces y luego se imaginaba que adquirían vida y se movían. Corrían, se abrazaban o luchaban. Incluso hablaba con ellas y le contaban historias de viejas caravanas. Y, a veces, cuando se interrumpía una historia y se hacía un silencio, Yusuf se maravillaba de la inmensa belleza y el profundo misterio que aquel cielo iluminado por la luna representaba. Y pensaba que aquel arrebato de los sentidos no era propio de un duro y curtido mercader y que su padre le reprendía por perder el tiempo mirando las estrellas sin aprender de ellas.

Kumaka permanecía siempre junto a su joven amo. Aquel viejo dromedario conocía muy bien lo que el joven Yusuf tenía que aprender. Lo sabía muy bien porque ya, años atrás, había descubierto con Mulhamid que el cielo de la noche en el desierto esta lleno de cosas. Y no solo de estrellas que muestran caminos, rutas, jornadas futuras llenas de tormentas de arena o travesías por hacer bajo un sol de justicia. También sabía que el cielo estrellado era hermoso, misteriosamente hermoso y que, además, podía uno descubrir en él seres misteriosos, valientes guerreros y deseados paraísos. Kumaka sabía todo eso y sabía de Yusuf así lo sentía, pues veía en el joven el mismo brillo de emoción en sus ojos como ya lo viera tiempo atrás en los del padre: como si ambos pares de ojos fueran el mismo par pero en distinta cara.

Todas las mañanas cuando el fiel Kumaka acudía a la tienda principal a despertar a su amo, Mulhamid y el viejo dromedario cruzaban sus miradas como saludo de buenos días. Sin palabras ni gestos, solamente con ese silencioso lenguaje que practican quienes han vivido mucho juntos. Kumaka decía al viejo mercader que todo iba bien, que Yusuf no sólo veía la luz de las estrellas sino que además no tenía ciego el corazón. Y el orgullo de padre iluminaba su rostro.

Cierto día Mulhamid se acercó a su hijo que cabalgaba al frente de la caravana y le entregó un oscuro cartapacio de viejo cuero que el joven tomó sorprendido. Mulhamid le dijo que leyera lo que había dentro y que sin duda encontraría en aquella lectura las respuestas a algunas de las preguntas que se estaba haciendo. Yusuf no entendió a qué preguntas se refería, pues hacía días que no mostraba ante su padre duda alguna así que le pidió que le dijera de qué preguntas se trataba. Mulhamid le miró con un gesto de cariño en el rostro y le contestó que eran aquellas preguntas que aún tenía dentro y no se había atrevido a formular. Antes de frenar su cabalgadura para recuperar su puesto en la caravana, Mulhamid ordenó a su hijo que esa noche, a la luz de las estrellas, leyera lo que había dentro de aquel viejo cartapacio.

Ni la llegada al cercano oasis, ni las labores de organización del campamento para pasar la noche pudieron quitar de la cabeza de Yusuf el misterio del cartapacio de cuero que su padre le había dado. La cena se le hizo eterna. La obligatoria ronda para asegurarse de que todo estaba en orden fue más pesada que nunca. Incluso le parecía que la luna y el sol se habían puesto de acuerdo ese día para divertirse a su costa pues no veía que el uno se despidiera del otro. Pero por fin llegó el momento en el que las arenas de las dunas se vistieron con tela de plata y el viento de las estrellas comenzó a juguetear entre los dátiles y las palmas.

Yusuf se sentó y a su lado, como siempre, como todas las noches, descansaba Kumaka. Aquella noche Mulhamid no hizo por acercarse a su hijo a hablar de horizontes, ángulos y caminos. Yusuf fue abriendo la vieja bolsa de cuero y fue sacando uno a uno pequeños viejos rollos de pergamino atados con cintas de seda roja. Lo que contenían los pergaminos le intrigaba y trataba de adivinar, sin desenrollarlos, si acaso fueran los viejos apuntes de astronomía que su padre solía utilizar frecuentemente. Fue desatando cada una de las cintas y las fue dejando junto a él sobre la manta que le aislaba de la arena. Cuando comenzó a leer el primer escrito adivinó la letra de su padre pero tuvo que releer varias veces las primeras líneas para comprender que lo que allí estaba escrito eran poemas que a cada palabra iban descubriendo una sincera belleza, una profunda hermosura.

Leyó aquellos pergaminos y los volvió a leer varias veces. Y cada vez que los leía volvía a llorar o reír. A palpitar aceleradamente o a sumirse en un profundo relajo en los mismos versos y en las mismas palabras. Aquella noche, aquel cielo que le daba cobijo al final de cada jornada le pareció más bello que nunca.

Mirando a la luna y a su blanca luz se dio cuenta de que ya no había preguntas, de que ya no había dudas que ocultar a su padre. Lo que había eran sensaciones, sentimientos que compartir con él y eso le hacía inmensamente feliz. Rodeado de aquellos pergaminos y al abrigo de Kumaka cayó dormido plácidamente. El viejo dromedario miró hacia la tienda de su viejo amo. A la mañana siguiente, al cruzarse la mirada para darse los buenos días, ambos notarían cierto toque de tristeza en los ojos al saber que esa sería la última caravana que los tres harían juntos. Pero también sentirían en el fondo de sus corazones la inmensa alegría de saber que Yusuf estaba preparado para volar solo.

 

***

 

Kumaka avanzaba lentamente por el sendero de tierra. Aquellas tierras extrañas de Abisinia les habían deparado muchas sorpresas. Ya les advirtió el viejo Mulhamid sobre los peligros de aquellos caminos plagados de traficantes de esclavos, de bandidos feroces y de enemigos de la paz. Pero Kumaka y Yusuf sentían el profundo llamado de las rutas de Abisina. El corazón les decía a ambos que en aquellas tierras les esperaba algo que descubrir, algo que desconocían, algo por lo que merecía la pena correr los temidos peligros que Mulhamid predecía.

La imponente caravana montada y dirigida por Yusuf no pudo aguantar aquel espantoso ataque. Fue de noche y casi ni pudieron reaccionar. Para cuando Yusuf quiso tomar su arma estaba ya rodeado de oscuros bandidos a los cuales tuvo que hacer frente. Luchó valerosamente pero no pudo evitar que su gente huyera espantada, ni que sus dromedarios fueran robados. Ni pudo evitar aquel golpe certero que le dejó inconsciente.

Cuando Yusuf volvió a abrir los ojos se encontró de mala manera a lomos de su fiel Kumaka. Era de día. No recordaba nada. No sabía como había llegado hasta allí. No sabía dónde estaba. Pero los pasos lentos y firmes de Kumaka le dieron la seguridad que necesitaba. Volvió a desvanecerse.

El sol apretaba. El sendero de tierra seguía abriéndose entre las peñas. Kumaka mantenía el paso. Kumaka tampoco sabía donde estaban. Tampoco sabía a donde iban. Pero Sabía que tenía que seguir adelante.

 

***

 

Era de noche y una intensa luz despertó a Yusuf de su profundo sueño. Se sentía débil y las heridas que guardaba del asalto, que apenas recordaba, le producían un intenso dolor que a duras penas podía aguantar. Aún así, la intensa luz que venía de arriba hacía que fijara su atención en el pequeño arbusto que quedaba iluminado frente a él. La presencia de Kumaka a su lado hizo que sus temores se calmaran. La mirada que cruzo con el fiel dromedario iba cargada de cariño y admiración: Yusuf sabía que el noble animal era el responsable de su salvación. Y si ahora estaba allí, frente a aquel enigmático arbusto iluminado, era por voluntad de Kumaka.

 

Fijó, de nuevo, su mirada en el pequeño arbusto. A la luz del intenso haz que venía del cielo las rojas cerezas de la planta brillaban como rubíes. No se atrevió a tocarlas. Por un lado temía que algo ocurriera y, por otro, sentía destrozar la hermosa armonía de aquellas cerezas rojas, aquellas hojas verdes y aquellos pequeños brotes de jazmín que florecían por entre las ramas.

 

De pronto un bello pájaro de plumas de mil colores apareció volando sobre ellos. Su volar era majestuoso. Apenas batía las alas. Dulcemente se posó sobre la rama más alta del arbusto. Yusuf miraba la escena con admiración: sus temores habían desaparecido y una intensa placidez le hacía olvidar el dolor de las heridas. El bello pájaro abrió el pico y con él arrancó la más brillante de las rojas cerezas. Con un grácil salto se posó en el suelo, junto al arbusto. Arañó con las afiladas garras el arenoso suelo hasta abrir en él un pequeño agujero donde depositó el rojo fruto. Luego lo enterró. Súbitamente un pequeño surtidor se abrió en la tierra y de él brotó un negro líquido de perfumes extraños. La maravillosa ave mojó su pico en el charco y a continuación besó en los labios a Yusuf. Yusuf entendió, y con ambas manos a modo de cuenco tomó un poco de aquel líquido negro y se lo llevó a la boca. El calor de la bebida le reconfortó. Los aromas de aquel brebaje recorrieron todos su miembros. Milagrosamente el dolor de las heridas había desaparecido. Aún más, la sensación de placer y bienestar le desbordaba. Ahora encontraba fuerzas donde antes sólo había cansancio. Ahora encontraba placer donde antes sólo había dolor.

 

Yusuf recogió todas las cerezas posibles y montó en Kumaka. Quiso despedirse de aquel maravilloso pájaro pero el ave había desaparecido. La misma intensa luz que del cielo descendía había dejado paso a las sombras de la noche. Miró al cielo y buscó el camino que le llevará a la costa donde embarcar para llegar a casa. Como siempre encontró en las estrellas lo que buscaba.

 

***

 

Cientos de espléndidos cafetos se ordenaban en las terrazas que ascendían la ladera. Arriba, las escarpadas peñas se perdían entre las brumas. En la cima de una de ellas, una sólida torre de piedra vigilaba desde las alturas. Por el camino que serpenteaba entre las terrazas y ascendía a la torre, blancas cabras brincaban alegremente alrededor de varias mujeres que acarreaban pesados canastos repletos de frutos. Allá abajo, donde el camino que ascendía empezaba, hombres y mujeres se afanaban en pesar los canastos y cargarlos en pequeños carros.

 

Desde la atalaya de la torre la vista del valle era espléndida. Yusuf gustaba de subir allá arriba para disfrutar de las labores de recolección. Esta cosecha había sido excelente y si la preparaban como sabían iban a vender el mejor café desde que plantaron aquellos primeros cafetos  en estos montes de Yemen.

 

Hacía años de eso, muchos años.

 

A los pies de la torre pudo ver al viejo Kumaka que descansaba plácidamente. Junto a él un joven desenrollaba viejos papeles atados con cintas rojas que iba sacando de un viejo cartapacio. Era Kaédi, su hijo. Kumaka y Yusuf habían decidido que la próxima caravana cargada de café hacía el puerto de Moka la iba a dirigir él.

 

Kumaka miró hacía arriba. Yusuf miró hacia abajo. Kaldí estaba preparado.

 

 

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